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jueves, 23 de mayo de 2013

El Valle del Indo, los arios y el origen del hinduismo







Los hindúes practican hoy una religión que se desarrolló principalmente durante los primeros mil años de la era actual. Sus raíces, sin embargo, se encuentran 2.500 años atrás, en la brillante civilización india que floreció en el valle del Indo aproximadamente entre 2500 y 1700 a.C. Los pueblos arios que invadieron el noroeste de India hacia 1.500 a.C. incorporaron algunas de las creencias y prácticas religiosas de los pueblos del valle del Indo a sus propias creencias; esto, transmitido por medio de sus antiguas escrituras, es clave en el hinduismo.

A principios de los años veinte del siglo pasado, los arqueólogos sir John Marshall, D.R.Shani y R.D.Banerji revelaron los resultados de sus excavaciones en el valle del Indo, particularmente en Mohenjo-Daro y Harappa. Dejaron establecido que había existido una civilización ribereña allí desde más o menos 2.500 a.C., durante unos mil años. La historia del pueblo del Indo, que se encontró en sellos de esteatita, no ha sido aún descifrada, así que cualquier información acerca de su cultura proviene de sus restos materiales.

Aun cuando no se ha desenterrado ningún lugar de culto en los asentamientos del Indo, los dibujos de los sellos arrojan alguna luz sobre las creencias religiosas del pueblo. Por ejemplo, uno de ellos muestra una figura femenina dando de mamar a un niño, quizá una Diosa Madre, deidad que se encuentra en la mayoría de las culturas antiguas.

El dios Siva puede tener sus antecedentes en sellos que pintan una deidad rodeada de animales. Algunos le muestran con una luna creciente en la cabeza, y en uno está con las piernas cruzadas, sugiriendo que ya se practicaba esta forma de meditación de yoga.

El final de la civilización del Indo tuvo lugar quizá como resultado directo de la invasión aria. Sin embargo, las ciudades del Indo pueden haber formado parte de un estado en decadencia terminal cuando los arios llegaron por primera vez, quizá como resultado de una epidemia o cambio climático.

Los arios, o indoeuropeos, recién llegados, eran altos, de piel blanca. Se cree que llegaron de Asia central hacia 2000 a.C. Un grupo se asentó al norte de Grecia y otro en Irán (cuyo nombre deriva de “ario”); los que entraron en India probablemente procedían de la rama irania. Los conocimientos que poseemos sobre los arios, procede sobre todo de la herencia de su literatura sagrada, conocida como los Vedas.

Los Vedas se compilaron durante un periodo de cientos de años, alcanzando su forma final hacia
finales del siglo X a.C. Consisten en cuatro primeras colecciones de himnos: los Rigveda, los Samaveda, Yajurveda y Atharvaveda; los Brahmanas y Aranyakas, que hablan de rituales y filosofía; y los Upanishad, de los que hablaremos en otra entrada. En los Vedas, los arios se muestran agresivos y probablemente menos civilizados que las personas de piel oscura a las que conquistaron. Los himnos de los Rigveda y sus alabanzas de los fenómenos naturales como el sol, el océano, los ríos, las colinas y el alba sugieren que la religión védica temprana se centra en el culto a la naturaleza.

No había lugares fijos de culto, y el principal ritual de sacrificio podía realizarse en cualquier parte. Se invocaba a los dioses cantando y se les aplacaba con ofrendas al fuego del sacrificio para que concediesen beneficios materiales. Los sacerdotes tenían un papel fundamental en la realización de los ritos y rituales, y conservaban la historia tribal y los himnos, pasándolos oralmente de generación en generación.

Las deidades védicas importantes eran Aditi, una diosa madre, y sus hijos los Adityas; Indra, dios de la conquista; Agni, dios del fuego y sacrificio; los Ashwins, los gemelos celestiales y Saranyu, su madre; Dyaus, el dios el cielo; los Maruts, dioses de la tormenta; Rudra, la principal deidad del trueno; Prajapati, Señor de las Criaturas; Prithivi, la diosa de la tierra; Surya, el dios sol; Varuna, el señor de las Aguas; Yama, dios de la muerte, y Soma, deidad de las plantas.

Originalmente cazadores y nómadas ganaderos,
los arios se convirtieron en granjeros tras haberse establecido en India. Hablaban una forma arcaica de sanscrito y se organizaban en tribus, subdivididas en familias interrelacionadas. La tribu estaba dirigida por un jefe, y el pueblo formaba grupos ocupacionales y funcionales (del que derivan el sistema de jatis y castas).

Con el tiempo se fueron extendiendo hacia el valle del Ganges. Hacia 1000 a.C, la cultura aria se había vuelto dominante en el norte de la India.

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sábado, 18 de mayo de 2013

Félix Lope de Vega - un titán de las letras






El genial escritor y dramaturgo Félix Lope de Vega no es sólo una de las personalidades más representativas del Siglo de Oro, sino, sobre todo, el creador del teatro clásico español, al que supo dotar de la más genuina de las características del drama moderno: la libertad del autor, sólo condicionada por los gustos del público. Su obra, junto con la de su coetáneo inglés William Shakespeare, supone la definitiva orientación del género dramático hacia lo que hoy entendemos como tal.

Si la cultura barroca del siglo XVII, desengañada del optimismo y la armonía renacentistas, persiguió el claroscuro y la mezcla entre el arte y la vida, pocas figuras la encarnan mejor que el dramaturgo madrileño Félix Lope de Vega y Carpio. Todo en él se caracterizó por el contraste y el exceso, empezando por su propia vida. Adorado por el pueblo, fue poco estimado por la nobleza, quizás escandalizada por la inmoralidad de su conducta; escritor de inconmensurable obra y de fuerte sentido profesional, ganó y gastó enormes sumas de dinero, pero vivió siempre acuciado por las dificultades económicas; no hubo autor en su época más identificado con la visión del mundo del pueblo español, ni tampoco otro más revolucionario en cuanto a sus concepciones literarias.

La vida de Lope poco tiene que envidiar al argumento de cualquiera de sus comedias desde su mismo nacimiento. Su padre, santanderino, se había establecido en Madrid tras los pasos de una mujer. Su abandonada y legítima esposa, sin embargo, lejos de amilanarse, siguió al infiel esposo y acabó por reconciliarse con él, fruto de lo cual fue el alumbramiento del futuro escritor en 1562.

Éste dio muestras de sus extraordinarias dotes desde muy pequeño, pero interrumpió sus estudios en la Universidad de Alcalá de Henares para embarcarse en una expedición militar a las Azores. A los 20 años, y siendo ya poeta conocido, inauguró su agitada vida sentimental con sus amoríos con la joven comedianta Elena Osorio. Al ser reemplazado por un rico rival, arremetió contra ella y contra su familia en unos versos difamatorios que le costaron unas semanas de cárcel primero y el destierro de la corte después, en 1588. Camino del mismo, sin embargo, tuvo tiempo de raptar a Isabel de Urbina, aunque pocas semanas después de su boda con ella se alistara en la expedición de la Armada Invencible. De regreso, vivió en Valencia y en Alba de Tormes, hasta que, tras haber enviudado, pudo regresar a Madrid en 1595.

Lope recordaría hasta sus últimos días estos episodios de su juventud alocada, ya que tuvieron una gran importancia en su vida al ponerle en contacto directo con el teatro. Valencia era, por aquel entonces, uno de los centros teatrales de España, pues allí había una mayor libertad de costumbres y de lenguaje. El teatro de Lope se empezó a desprender de la rigidez de las piezas neoclásicas del Renacimiento y a mostrar una mayor agilidad escenográfica y de acción.

En la cumbre de su fama como escritor, se casó nuevamente en 1598 con Juana de Guardo, pero hacia
1599 conoció a la actriz Micaela Luján, con quien iniciará una apasionada relación que se prolongó durante casi diez años. Ante el escándalo general, Lope tendrá que repartirse entre sus dos familias, pues tuvo hijos con ambas mujeres. En 1605, entró al servicio del duque de Sessa, quien será su mecenas y protector durante el resto de su vida, aliviando en parte las crónicas dificultades económicas del dramaturgo. Tras su ruptura con Micaela, la vida de Lope entró en una fase de mayor estabilidad, brutalmente interrumpida en 1613 por las sucesivas muertes de su pequeño hijo Carlos y de su esposa Juana. Sacudido por una profunda crisis espiritual, se ordenó sacerdote en 1614, pero ni los hábitos pudieron servir de contención a su irrefrenable vitalidad.

En 1616 conoció, en efecto, a quien fue su último y quizá más grande amor, Marta de Nevares, mujer casada y casi treinta años más joven que él. El hogar de Lope, en el que ya vivían los hijos de sus anteriores uniones, sirvió de marco para esta sacrílega y apasionada relación entre una mujer casada y un sacerdote, que fue la comidilla de la corte y se prolongó hasta 1632, fecha del fallecimiento de Marta tras varios años de ceguera y locura, en los que el poeta cuidó amorosamente de su amada enferma.

Los últimos años de vida de nuestro dramaturgo fueron muy amargos, con la muerte de su adorado hijo Lope y el rapto de su hija Antonia por un seductor. Falleció en 1635 y su entierro, que recorrió las calles de Madrid, supuso una extraordinaria demostración de duelo popular.

Conocido ya en su tiempo como el Monstruo de la Naturaleza –al decir de Miguel de Cervantes- o el Fénix de los Ingenios, el caso de Lope es único en la literatura universal por la asombrosa, casi inconcebible, amplitud de su obra. Sólo los guarismos de su producción dramática inducen ya al vértigo. Se conservan, en efecto, más de 400 piezas teatrales suyas, y aunque la cifra de 1.500 que se le ha atribuido es evidentemente exagerada, hay que suponer que, como ocurre con otros muchos autores de la época, muchas de sus obras se han perdido. Pero es que, además, Lope, a diferencia de Calderón de la Barca, no se dedicó exclusivamente al teatro.

Junto a Quevedo y Góngora, Lope es, sin duda alguna, la tercera gran figura poética del Barroco español, autor de abundantes romances, sonetos y otras composiciones, de tema profano –“Rimas”, de 1604- y religioso –“Rimas sacras”, de 1614-. Escribió asimismo numerosos poemas narrativos de asunto mitológico –“La Filomena” y “La Andrómeda”, ambas de 1621 o “La Circe”, de 1624-, o de tono épico, sea de tema histórico –como “La Dragontea” (1598), sobre el pirata inglés Drake-, sea de pura fantasía –como “La hermosura de Angélica” (1602)-, sea de argumento religioso –como “El Isidro” (1599), dedicado al patrón de Madrid, o el extenso “La Jerusalén conquistada” (1609)-. Especialmente destacable en este apartado es su poema épico-burlesco “La gatomaquia” (1634), parodia del género épico protagonizada por unos gatos enzarzados en hilarantes guerras.

Fue también Lope prosista y cultivó la mayoría de los géneros típicos de su época: la novela pastoril, con “La Arcadia” (1598); la bizantina, con “El peregrino en su patria” (1604), o la novela corta al estilo cervantino, con “Novelas a Marcia Leonarda”; en todo caso su mejor obra en prosa es la novela dialogada “La Dorotea” (1632), en la que reconstruye en clave seudoautobiográfica sus amores juveniles. A todo ello hay que añadir su abundante correspondencia, que forma un auténtico diario íntimo.

Pese a la envergadura de la obra mencionada hasta ahora la aportación fundamental de Lope fue su revolucionaria concepción de la obra dramática, que, triunfadora y adoptada por muchos otros dramaturgos, constituyó la base del teatro clásico español. Frente a la concepción renacentista, que defendía un teatro culto e idealista, a imitación del antiguo teatro griego, destinado a un público selecto y basado en el respeto de una serie de rígidas convenciones y reglas, Lope propondrá, a imitación de la propia vida y siguiendo los principios barrocos de la mezcla y el contraste, una visión mucho más libre de las “comedias”, como eran denominadas entonces las obras dramáticas.

Sus principales ideas fueron expuestas en una obrita de 1609 encargada por la Academia de Madrid:
el “Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo”. Así, frente a la rígida separación de lo trágico y lo cómico, Lope defiende su unión, por lo que los personajes nobles pueden y deben mezclarse con los del pueblo. Rechaza además el principio clásico según el cual la acción debía ser única, desarrollarse en un solo lugar y no durar más de 24 horas. Recomienda estructurar la obra en tres actos, correspondientes al planteamiento, nudo y desenlace de la acción, aunque procurando dejar éste para el último momento.

Frente a la concepción clásica, sostiene que el tipo de verso debe variar según las distintas situaciones de la obra y que deben introducirse canciones y bailes. El lenguaje deberá ser comprensible para todos y, sobre todo, adecuarse a los distintos papeles de la obra. Éstos, por otra parte, más arquetipos que auténticos personajes de carne y hueso, eran principalmente seis: el galán y la dama, protagonistas de la intriga amorosa; el criado, llamado también, por obvias razones, “gracioso”- y la criada, que ayudan a los anteriores; el padre o el viejo y el antagonista –sea otro galán o algún noble poderoso-, que se oponen a las pretensiones de los primeros.

La causa de tanta innovación es que para Lope, y en ello consiste su radical modernidad, sólo el gusto del público puede determinar las obras teatrales, y no la opinión de los sabios ni las normas antiguas. Convencido de ello, adecuó su fórmula dramática a los variopintos espectadores del teatro barroco, auténtico espectáculo de masas. En sus obras, en efecto, se funden lo culto y lo popular, la tradición y lo novedoso, lo dramático y lo cómico, los valores individuales y los colectivos, el pensamiento y la acción, de manera que desde el noble hasta el villano pudieran hallar algo que les agradara. En conjunto, Lope será el gran intérprete escénico del sistema de ideas y creencias de la España de su época.

Al objeto de encontrar inspiración para su inagotable vena dramática, Lope recurrió a todo tipo de fuentes. De este modo, escribió comedias religiosas –bíblicas o de vidas de santos-, pastoriles, mitológicas, legendarias, históricas- sobre todo de temas nacionales, pero también extranjeros-, etc. En repetidas ocasiones se basó en novelas cortas italianas. Y, como es natural, otras muchas obras proceden de su propia y genial inventiva, capaz de extraer una pieza a partir de un refrán, un romance o una canción popular, como veremos. De entre estas últimas, son numerosas las de ambientación urbana, en las que se refleja el vivaz ambiente de la capital y las costumbres de la época. Como ejemplo, se pueden citar “El acero de Madrid”, comedia de enredo amoroso en la que una joven se finge enferma para que un falso médico –el criado del galán en realidad- le recete las aguas de un manantial muy popular en la época; así podrá encontrarse con su amado, burlando la vigilancia de su familia.

En otras ocasiones, la ambientación es rural, y si, a veces, como en “El villano en su rincón”, se trata de una alabanza de la tranquilidad campestre, en un grupo de obras que puede denominarse “dramas del poder injusto” los argumentos optan decididamente por lo dramático. En ellas se repite una acción parecida: un noble abusa de su poder y se enfrenta a un villano pretendiendo a su esposa; el villano, basándose en su honradez y limpieza de sangre –en la antisemita España de la época se consideraba que los campesinos no tenían sangre judía, más propia de las ciudades-, acude al rey para que haga justicia –. Eso ocurre en “El mejor alcalde, el rey”-, o bien se la toma por su mano y es absuelto posteriormente por el monarca –“Peribáñez y el comendador de Ocaña” o “Fuenteovejuna”-. Así pues, el rey y el pueblo forman, según un tópico de la época, una armoniosa unidad que castiga al noble que se extralimita en sus atribuciones.
 
Quizá la obra más universalmente conocida de Lope sea la mencionada “Fuenteovejuna”, en la que un pueblo entero se rebela contra un injusto noble, el comendador de la aldea, que abusaba impunemente de sus mujeres. Cuando los jueces reales investigan lo sucedido, todos los campesinos, resistiendo incluso a la tortura, responden que el autor fue Fuenteovejuna, es decir, “todos a una”, hasta que los Reyes Católicos, al tener noticias del caso, los perdonan.

“El caballero de Olmedo”, otra de las más conseguidas piezas de Lope, le fue inspirada por un cantar tradicional sobre la muerte de un caballero castellano. Mientras en los dos primeros actos, que siguen el esquema típico de una comedia amorosa y de costumbres, se nos presenta el enamoramiento de la pareja protagonista ayudada por sus respectivos criados, el tercer acto adopta un tono mucho más trágico y sombrío cuando una serie de presagios van anunciando la muerte del caballero, asesinado por su rival a traición.

Más dramático aún resulta “El castigo sin venganza”, basada en una novela italiana. Se trata de un
terrible conflicto de pasiones que bordea el incesto: el duque de Ferrara descubre tras su segundo matrimonio que su hijo ama apasionadamente a su nueva esposa, a quien conoció sin saber de quién se trataba. Entre grandes sufrimientos de conciencia, pero también con cruel lucidez, el duque engaña a su hijo para que mate a su madrastra y ordena luego que sea ejecutado, siguiendo así los códigos del honor de la época, por más que al espectador de hoy le parezcan sencillamente aberrantes.

Ambas piezas destacan por la perfección constructiva con la que se va desarrollando la trama ante nuestros ojos, camino de su inexorable final. De parecida maestría da muestras Lope también con argumentos más livianos. Así, por ejemplo, en “El perro del hortelano”, deliciosa comedia de ambientación palaciega en la que la condesa Diana, pese a estar enamorada de su secretario Teodoro, no se decide a confesar sus sentimientos por ser él de clase más baja, pero se dedica a estorbar sus relaciones con una de las criadas: como el perro del hortelano del refrán que inspira la obra, que ni come ni deja comer al amo, ella ni se decide a amarlo ni permite sus amores con otras. Al final, tras numerosos golpes de efecto, la pareja de amantes podrá casarse al descubrirse el oculto origen noble de Teodoro –aunque, en realidad, sea un truco urdido por su criado-.

Quizá porque su propia vida amorosa fue muy intensa, Lope también demostró tener una gran
habilidad con las comedias denominadas “de capa y espada”, basadas en la intriga de acción amorosa, y en aquéllas en las que las damas eran protagonistas gracias a su inteligencia o por su estupidez. Así, el enredo y complicación argumental de “La dama boba” son notables, pero esta pieza destaca por la fina caracterización psicológica de sus protagonistas, dos hermanas, una muy culta y otra muy necia, con sus respectivos pretendientes y sus conflictos amorosos. Al final, la necesidad de conservar a su enamorado logrará espabilar a la dama boba. También notable es “La discreta enamorada”, en la que una dama logra deshacer su compromiso de casarse con un viejo para, finalmente, hacerlo con su joven hijo.

Naturalmente, no puede decirse que las obras de Lope sean completamente realistas, sujetas como están a sus propias convenciones –verso, papel de la mujer que nada tenía que ver con la realidad, amor y honor como principales motores de la acción-, pero el talento escénico del dramaturgo, su extraordinaria capacidad para reflejar literariamente el mundo que le rodeaba, hace que en sus piezas la vida se cuele a raudales y se abra la puerta que lleva al teatro moderno.

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martes, 14 de mayo de 2013

Salvador Dalí: La vida también es arte






Si el mundo es un teatro, entonces uno de los mejores actores sobre sus tablas debe de ser Salvador Dalí. Definimos a Dalí como surrealista, pero acaso una mejor denominación sería la de artista de performance, el primero de todos. Todo lo que hizo Dalí estaba calculado para sorprender, impresionar y divertir. Incluso su aspecto exterior era más un disfraz que un vestido. Tomemos su bigote, que se dejaba crecer hasta un tamaño considerable y se acicalaba con las puntas afiladas, o sus trajes, de telas de terciopelo de brillantes colores con incrustaciones de bordados dorados.

¿Había un hombre de verdad detrás de esa máscara? Puede ser. De vez en cuando podemos vislumbrar una persona vulnerable que busca el apoyo de su dominante esposa y expresa un deseo de genuina espiritualidad. Pero al mundo le gustaba el Dalí loco, el hombre del bigote y los trajes con bordados, y eso es lo que él le dio.

La gran tragedia de su vida tuvo lugar antes de su nacimiento. En 1901, la pareja Dalí de Figueras, España, tuvo un hijo llamado Salvador, igual que su padre, pero murió a los 21 meses. Nueve meses y diez días más tarde la pareja tuvo otro hijo, que también se llamó Salvador, que sobrevivió. Pero los padres jamás se recuperaron de la primera pérdida. Hablaban sin parar del niño muerto, convencidos como estaban que el nuevo Salvador no era más que una segunda opción. Quizá de manera inesperada, el chico desarrolló un carácter terrible y prefería evacuar sus excrementos en el pasillo en lugar de utilizar el cuarto de baño. También en el colegio era un auténtico desastre.

Dalí tomó clases de dibujo desde niño y, como joven promesa, montó su primera exposición pública
en el teatro de su pueblo natal en 1919. El talentoso joven artista se trasladó a Madrid en 1922 para matricularse en la Escuela de Bellas Artes. Tras varios años de peleas con los profesores, Dalí fue expulsado por negarse a pasar un examen final, ya que según él ninguno de los profesores era lo suficientemente competente para juzgarlo.

Tenía ganas de cambiar de aires: París y los surrealistas. El surrealismo era el nuevo movimiento artístico de moda, que predicaba el sinsentido del dadaísmo, el psicoanálisis de Freud y la política de Marx. Dalí estaba especialmente fascinado por la importancia que le daba al subconsciente y quería utilizar su meticulosa habilidad en el dibujo para crear imágenes absurdas e irracionales. En 1929 se metió en un tren que iba a Francia pero, para su sorpresa, en lugar de ser recibido como un héroe conquistador, los surrealistas ni siquiera se enteraron de que había llegado. Sólo hizo un amigo, el poeta surrealista Paul Éluard, a quien invitó a que visitara aquel verano Cadaqués, un pueblo en la costa catalana donde la familia Dalí pasaba las vacaciones.

Dalí regresó a España profundamente deprimido, pero poco después llegó Éluard con su esposa, Gala. Gala Éluard, nacida Elena Ivanova Diakonova, en Rusia, era unos diez años mayor que Dalí (mentía sobre su edad); también era dinámica, imperiosa e insaciable. Éluard y Gala se habían conocido cuando eran quinceañeros en un sanatorio para tuberculosos en Suiza, y más tarde ella cruzó Europa durante el caos de la Primera Guerra Mundial para casarse con él. Después de la guerra, Éluard se convirtió en un líder del movimiento dadaísta, y Gala adoptó el papel de musa y amante, aunque en 1929 estaba empezando a sentirse defraudada por las limitadas perspectivas económicas de su marido.

En un principio, Gala despreciaba a Dalí (decía que parecía un bailarín profesional de tango
argentino), pero luego vio sus cuadros. Entonces fue cuando se lanzó sobre él como un misil guiado por láser. Fue una de las primeras personas en darse cuenta de su gran talento y en apreciar que ese talento podría producir una increíble riqueza.

Por su parte, Dalí estaba tan locamente enamorado de ella que la cortejaba con un geranio detrás de la oreja, inventó un extraño perfume a base de estiércol y por alguna razón se afeitó las axilas hasta que le sangraron. Sus tendencias sexuales eran bastante extrañas. Los amigos cercanos describían a Gala como ninfómana, mientras que Dalí aborrecía que lo tocaran y parecía tener inclinaciones homosexuales. Aún así, los dos juntos estaban muy bien. Éluard aceptó la deserción con notable elegancia, sobre todo porque ella todavía quería mantener relaciones sexuales con él. En 1932, Gala y Éluard se divorciaron para que él pudiera volver a casarse, y dos años más tarde Dalí y Gala contrajeron matrimonio en una ceremonia civil.

A partir de entonces, Gala dedicó todas sus energías a promocionar a Dalí. Se convirtió en una
experta regateadora, pues los dos vivían en una pobreza increíble, subsistiendo de las infrecuentes ventas de Dalí y de los pocos cheques de Éluard. Los veranos regresaban a España y se instalaban en el pequeño pueblo pesquero de Port Lligat, delante del puerto de Cadaqués. Durante esos primeros veranos Dalí realizó algunas de sus obras más significativas, incluida “La persistencia de la memoria”. La sobrecogedora y siniestra obra está sacada del subconsciente de Dalí. Sobre un plano oscuro un trozo de carne que podría ser una cara yace el lado de una mesa o bloque, del que emerge un árbol estéril. Por encima de la cara, la mesa y el árbol, caen relojes de bolsillo, que parecen blandos como la mantequilla. La idea de los relojes le llegó al artista al observar un camembert que se ablandaba después de la cena. Cuando terminó de pintar el cuadro, le preguntó a Gala si le parecía que era una imagen que se podría recordar; ella le respondió que nadie podría olvidarla. Y de esa manera dio Dalí el título a esta obra: por la persistencia de su propia creación en la mente del observador.

La exposición de 1931 donde se mostraba “La persistencia de la memoria” fue un gran éxito. Gala y Dalí se convirtieron en los favoritos de la clase alta intelectual, quienes adoptaron la extraña manera de hablar del artista (una dama de la alta sociedad diría de un concierto de Stravinsky: “¡Fue hermoso, fue viscosxo, fue ingnominioso!”). Pero no todo el mundo apreciaba la creciente fama de Dalí. A otros surrealistas les parecía que había secuestrado el movimiento. Entonces, Dalí comenzó a hacer comentarios estrafalarios delante de todo el mundo sobre Adolf Hitler, diciendo que no había nada más surrealista que el dictador (Hitler no le devolvió el cumplido, sino que afirmó directamente que los surrealistas deberían ser esterilizados o ejecutados).

Los surrealistas comunistas insistieron en que Dalí se retractara de sus afirmaciones, pero él protestó diciendo que si el surrealismo trataba de explorar los sueños y los tabús sin censuras, entonces él tenía todo el derecho del mundo a soñar con Hitler.

Aunque Dalí soñara con Hitler, lo cierto es que no quería vivir bajo su mandato. Cuando las tropas
alemanas marchaban hacia París, al principio de la Segunda Guerra Mundial, él se largó tan lejos como pudo de los nazis. En 1940, él, Gala y una impresionante cantidad de equipaje navegaron desde Lisboa a Nueva York.

La pareja repartía su tiempo entre Nueva York y Pebble Beach, California, mientras los reporteros de revistas los seguían incansablemente a donde quiera que fueran. Entonces, aun cuando los famosos de Hollywood y las personalidades de Nueva York los aclamaban, Dalí empezó a cambiar de estilo. Pintó retratos de Gala muy realistas, incluso hermosos, sin olvidar los relojes blandos, las chuletas de cerdo o los elefantes voladores. Pintó temas religiosos: una crucifixión, una virgen (con Gala de modelo, cosa sorprendente) y una Última Cena. Los amigos estaban sorprendidos. ¿Dalí espiritual? ¿Dalí serio? La idea de Dalí rezando era ridícula.

Lo que a Gala le parecía ridículo era la idea de Dalí persiguiendo otra cosa que no fuera su increíblemente lucrativa obra. Lejos habían quedado los tiempos en que ella recorría los mercados de París en busca del pan más barato. Ahora sólo cenaba en los restaurantes más elegantes y vestía modelos de Chanel. Siempre podía persuadir a Dalí para que aceptara los encargos más estrafalarios (y mejor pagados). Diseñó las secuencias de los sueños para la película de Alfred Hitchcock “Recuerda” (aunque luego se volvieron a filmar) y colaboró con Walt Disney en un cortometraje de animación (aunque más tarde Disney daría carpetazo al proyecto). Diseñó joyería (un reloj blando), pequeños artefactos (el teléfono langosta) y muebles (un sofá tomando como modelo los labios de Mae West). Su fama aumentaba. No importaba qué extravagancia hiciera los periodistas cubrían el evento y los lectores lo devoraban. Dio una conferencia en un Rolls Royce blanco lleno de coliflores y entró en la jaula de los rinocerontes de un zoológico con el cuadro de un rinoceronte.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el mejor amigo de Dalí, un publicista llamado Herb Caen,
propuso que organizaran una fiesta benéfica para los artistas de Europa. A Dalí le encantó la idea: montarían el baile surrealista por excelencia. Enseguida le presentó a Caen una lista de sus exigencias, que incluían dos mil pinos, cuatro mil sacos de yute, la cama más grande de Hollywood, un automóvil de desguace, varios maniquíes desnudos, más o menos una docena de animales salvajes –entre ellos una cría de tigre y una jirafa- y 200 zapatos en los que se serviría el primer plato. El temible Caen se puso manos a la obra. Encontró una cama de 10 metros en un escenario de Hollywood, un coche de desguace en un depósito de chatarra y maniquíes en unos grandes almacenes. Un zoológico estuvo de acuerdo en proporcionarles los animales, excepto la jirafa: era demasiado complicado transportarla.

Llegaron los invitados desde todos los rincones de Estados Unidos para la “noche surrealista en el bosque encantado”, incluidos los Vanderbilt, Alfred Hitchcock, Bob Hope, Bing Crosby, Ginger Rogers y Clark Gable. Pero cuando terminó la fiesta, Herb acabó con un brazo roto en tres partes (¿por culpa de los animales?) y una cuenta de gastos mucho mayor que la de ingresos. No quedó dinero para enviar a los hambrientos artistas de Europa.

En otra ocasión, en una conferencia en Londres titulada “Paranoia, los prerrafaelistas, Harpo Marx y los fantasmas”, Dalí hizo una entrada magnífica, como solía ser normal en él. Sostenía dos lebreles rusos por la correa con una mano y un taco de billar con la otra. Iba vestido con un antiguo traje de buzo y encima del casco llevaba un radiador de coche Mercedes. Intentó hablar, pero enseguida se dio cuenta de que sin suministro de oxígeno en el casco, no podía respirar. La audiencia lo observaba alegremente mientras él hacía esfuerzos por respirar, pensando que era parte de la actuación, pero al final dos de sus amigos se dieron cuenta de que pasaba algo. Trataron frenéticamente de abrir los cierres del casco. Al final llegó un tramoyista con una llave inglesa y pudo liberar a Dalí cuando ya estaba a punto de asfixiarse.

Los grandes seguidores de Dalí de la década de 1930 habían sido miembros de la alta sociedad parisina; en la década de 1960 lo adoraban los hippies que llegaban a Port Lligat en bandadas, con abundantes reservas de marihuana y LSD. Dalí llamó a sus seguidores “la corte de los milagros” y adulaba a los que un biógrafo definió como “un fluctuante reparto de hermafroditas enanos, modelos bizcas, gemelos, nínfulas y travestidos”.

Y entonces el tema sexual se les fue realmente de las manos. A Gala, ahora ya una setentona, le encantaba tener acceso a abundante carne joven, y Dalí preparaba auténticas “masas eróticas”: orgías en las que cada habitación estaba dedicada a un grupo diferente. Pero toda esa decadencia resultó ser muy cara, y Gala –quien no dudaba en encerrar a Dalí en su estudio cuando había que acabar un encargo- tuvo que inventar maneras cada vez más elaboradas de hacer dinero. Hizo que su marido firmara cientos de hojas de papel en blanco que después podría imprimir como litografías de “edición limitada”.

Al final llegó la vejez para Gala y Dalí. La piel de ella empezó a sufrir erupciones con horribles
lesiones en las suturas de sus múltiples cirugías estéticas. Murió en junio de 1982 de un infarto. Dalí pasó los siguientes seis años esperando reunirse con ella. Se negaba a comer, lloraba constantemente y se pasaba los días tumbado solo en la oscuridad. En la cama tenía una campana para llamar a una enfermera que lo atendía las 24 horas, y por las noches solía llamar sin parar. Al final acabó cansando tanto a las enfermeras que cambiaron la campana por una luz, y una noche apretó tanto el botón que el sistema sufrió un cortocircuito y la cama acabó ardiendo. El personal lo encontró arrastrándose en medio de una niebla de humo y llamas, con quemaduras en casi el 20% de su cuerpo Todos pensaban que las quemaduras acabarían con su vida, pero sobrevivió y se llegó a recuperar lo suficiente para dar una entrevista para “Vanity Fair” en 1986. Fue su última charla, aunque aguantó tres años más. Murió el 23 de enero de 1989.

¿Qué podemos decir hoy en día de Salvador Dalí? Muchos historiadores del arte califican su obra posterior a la Segunda Guerra Mundial de kitsch y autocomplaciente; algunos otros van más allá y se mofan de la totalidad de su producción. Recientemente, un crítico lo describió como un “pervertido pueril cuya habilidad para generar una fascinación no merecida por el trabajo convulsivo de su mente misantrópica sigue sorprendiendo”. ¡Ay!, pero lo que nadie puede negar es su influencia: Dalí creó el concepto de que la vida es un arte.
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miércoles, 8 de mayo de 2013

¿Por qué lloramos de risa?



El dolor y la tristeza provocan el llanto de los seres humanos, pero lo que no resulta lógico es que una especial alegría sea capaz también de desencadenar ese reflejo. Los científicos lo explican como una forma de comunicación con la que el Homo sapiens, en las fases iniciales de su desarrollo, se servía para participar sus sentimientos más profundos. Siempre que el sistema nervioso vegetativo se siente sometido a fuertes impulsos emocionales, se excita en grado sumo y envía esos impulsos a las glándulas lagrimales donde producen un reforzamiento del fluido lagrimal. Ya desde la época de los hombres de las cavernas, el rodar de sus lágrimas por las mejillas le servía para indicar a sus congéneres que estaba profundamente conmovido (en cualquier sentido de alegría o pena).

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